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Estudios · Religión y pensamiento

Sobre el estudio de la religión y el pensamiento de Corea y su difusión en España

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DURANTE los últimos años España está asumiendo por primera vez la realidad asiática y, dentro de ésta, muy en particular la coreana. Si el retraso español durante el siglo XX respecto de la situación general europea de los estudios asiáticos ha sido más que notable, en lo que se refiere a Corea cabe decir que nos encontramos ante el caso más desigualado dentro de la tríada de ese primer plano que forma junto a China y Japón. Es más, últimamente se han producido cambios importantes. Pero lo que importa ahora observar es que el arte, la literatura y en general la cultura tradicional y creativa de Corea se han convertido en los últimos tiempos en noticia habitual.

En efecto, durante 2007, el año de España en China, se ha venido presentando a su vez en diversas instituciones oficiales españolas el «Año de Corea» y se ha hablado de «el momento de Corea» y otras distinciones similares. El hecho (al margen de asuntos actuales de política internacional, como la Secretaría de Naciones Unidas, o de intereses comerciales, ya notablemente desarrollados) es que por primera vez han aparecido publicados en español y en España estudios sobre la religión y el pensamiento coreanos, contribuyendo de esta manera a superar esa unilateralidad representada por el budismo Zen en su versión japonesa y dominantemente anglosajona, sobre todo representada por los muy conocidos estudios de Suzuki.

Por lo demás, los trabajos sobre budismo coreano a los que nos vamos a referir vienen de algún modo a complementar y contextualizar las ya frecuentes traducciones de autores coreanos, sobre todo de poetas contemporáneos, al español. Pensamos que merece la pena aprovechar esta ocasión y exponer el caso.

Me voy a referir a la religión y el pensamiento de Corea sometiendo a crítica los dos estudios por el momento existentes en versión española, prescindiendo de si la publicación inaugural de esos dos importantes estudios corresponde a la mejor selección posible. Se trata de estas dos obras: Ryu Tong-shik, El Pungniudo y el pensamiento religioso de Corea, y Shim Jae-ryong, Budismo coreano: Tradición y Transformación.

Pungniudo es la espiritualidad tradicional del pueblo coreano. Choe Chi-won (857-?), el Platón coreano, por así decir, que vivió en el reinado Sil-la y que se había alimentado sin duda de las tres doctrinas (budismo, confucianismo y taoísmo), sostenía que la espiritualidad del pueblo coreano está en Pungniu, una profunda y admirable doctrina moral. El origen de este espíritu se remonta a tiempos prehistóricos, lo cual quiere decir que existió antes de la llegada de las tres doctrinas a la península coreana.

El Pungniudo es el Tao de Pungniu, la espiritualidad propia de los coreanos que puede muy bien observarse a través del sistema Hwarang. Según Choe Chi-won, la espiritualidad conseguida mediante este sistema se llama Pungniudo, lo que en realidad constituiría la esencia de las tres mencionadas doctrinas. Desde este criterio, se entiende que Pungniudo contiene los principios fundamentales de todas ellas y por esto, al ponerse en contacto con los hombres, les educa y hace que vivan de una manera más humana.

Hwarang significa “jóvenes poseedores de virtudes y de buena presencia” y puede ser entendido como el sistema educativo de su tiempo. Las actividades educativas de Hwarang miraban a alcanzar una espiritualidad en que la naturaleza, el arte y la existencia humana fueran un todo. La práctica consistía en ir en busca de las buenas montañas y ríos y aprender el espíritu de la Naturaleza y del Cielo, componer poesía y cantarla, y también danzar.

El intento del autor de Pungniudo y el pensamiento religioso de Corea de explicar el pungniudo como la espiritualidad propia del pueblo coreano, es sin duda acertado. Expone cómo Corea es un país en el que confluyeron el budismo, el confucianismo y el taoísmo. En este sentido, el libro de Ryu Tong-shik puede ser orientativo para una adecuada comprensión del pensamiento y la religiosidad coreanos desde sus orígenes hasta la actualidad.

No deja de llamar la atención el actual estado de pluralismo religioso o pluri-religiosidad en Corea. Sería una muy acertada observación ver en este pluralismo una de las características más peculiares de su cultura. En realidad, esa coexistencia armoniosa de distintas religiones en un mismo país es la clave para entender la Corea actual.

En la historia de Corea, los verdaderos intelectuales eran quienes se habían alimentado de las tres principales corrientes de pensamiento referidas. Un buen monje budista era alguien que había leído a Confucio, a Lao-zi y Zhuang-zi, de lo que se desprende que entre estas diferentes religiones o pensamientos no hubo ningún rechazo mutuo.

El pueblo coreano entiende que el cristianismo y el budismo son diferentes, pero que también poseen similitudes. Eso quiere decir que cada sector religioso acepta la diversidad representada por los demás, dando así lugar a una aceptación y comprensión libres de intentos de dominio de uno o unos sobre otros.

En la base del Pungniudo se encuentra el confucianismo, y así es reconocible en los confucianos coreanos. Presentaré aquí dos célebres doctos neoconfucianos del siglo XVI que llegaron a la mayor elevación del conocimiento e influyeron en el mundo académico de China, en Japón y en otras naciones asiáticas: Twegue Yi Hwang y Yulgok Yi Yi.

El profesor Ryu se detiene también en aspectos relativos a las creencias folklóricas que han sobrevivido hasta hoy por medio de fusiones con las distintas creencias dominantes y particulares de cada época. En esto radica su gran fuerza vital. Los rituales de las sacerdotisas chamanas son una de las singularidades estudiadas.

Es evidente asimismo la influencia del budismo en la formación filosófica coreana. El budismo, que llega a Corea en el siglo VI desde la India a través de China, alcanzó su mayor florecimiento entre los siglos VII y X, durante el reino coreano de Sil-la. Éste fue el momento de mayor esplendor de la cultura coreana, cuando se multiplicó el número de pensadores y maestros de orientación budista.

El lector español dispone ahora por vez primera de una monografía sobre el budismo coreano: Budismo coreano: Tradición y Transformación, escrita por el profesor Shim Jae-ryong, especialista en el gran maestro budista Chinul (1158-1210), de quien da cumplida cuenta en esa obra.

Sin embargo, para comprender de manera adecuada la tradición del budismo coreano conviene comenzar por Wonhyo (617-686), que sin duda merece atención universal. Su iluminación y sus textos dan prueba de que el budismo coreano es caracterizable como sincrético y conclusivo.

El estudio del profesor Shim pone en duda esa afirmación, generalizada entre la mayoría de los especialistas de dentro y fuera del país. Creo que en este sentido es importante orientar al lector español, ya que se trata de un tema sumamente importante en la historia de la filosofía de un país cuyo gran mentor espiritual fue quien luchó por la armonización y sincretización del budismo en Corea.

El emblema de Wonhyo «Todo depende de la mente, todo es creación de la mente» resulta verdaderamente significativo. Wonhyo habla de «un único corazón» y su idea fundamental, que contenía la verdad del Pungniu, se fundaba en el regreso al Uno. Se viven mil años en un día, en un solo hombre se ven todos los seres humanos.

Según Wonhyo, la veritas no se puede fijar. La veritas posee carácter dinámico y orgánico. Por eso no hay que intentar definirla o adjetivarla con alguna precisión. Los seres humanos somos ya seres iluminados, pero viviendo en el torbellino del mundo, sumidos en angustias y aflicciones, hemos perdido la práctica de ver la veritas.

Para la cultura coreana, Wonhyo es una despensa que nunca se agota por mucho que se tome de ella. Publicó 87 títulos (180 libros), aunque sólo quedan de ellos 22. Todas estas obras ejercieron una profunda influencia, directa o indirectamente, en la filosofía de Asia del Este.

Sobre todo Sipmunhwajengron (Tesis de diez puertas para la armonización), cuyo mensaje era extraordinario en el contexto asiático de aquella época, pues cada secta tenía su prioridad en ciertas doctrinas y el mensaje de Wonhyo era el de una reconciliación y una armonización propuestas con base lógica.

Veamos ahora las aclaraciones referidas por la autora. El profesor Shim, en su artículo «Características generales del budismo coreano: ¿Es sincrético el budismo coreano?», pone en duda dicho carácter sincrético decidiendo al fin por negarlo. Ciertamente no es posible exponer y debatir este asunto en un espacio muy reducido, pero aquí se subraya el error metodológico de su punto de partida.

Shim Jae-ryong ofrece como prueba de que el budismo coreano no es sincrético los estudios de dos eruditos japoneses de época colonial. Pero el contexto colonial implica límites evidentes: esos autores eran también funcionarios del poder invasor, y su perspectiva tendía a infravalorar la cultura del pueblo colonizado.

Investigadores japoneses posteriores, como Damura Encho y Gamata Shigeo, ofrecieron una visión más abierta y reconocieron la importancia del budismo coreano y su influencia en la formación del budismo japonés antiguo. Gamata incluso subraya explícitamente la necesidad de corregir visiones erróneas difundidas en el mundo académico japonés.

Pese al carácter precipitado de las conclusiones del profesor Shim acerca del sincretismo, la duda por él suscitada puede ser interesante como tema de debate en el ámbito académico coreano. Sin embargo, no parece todavía el momento de trasladar ese debate en términos absolutos al lector español, que apenas dispone de bibliografía sobre esta materia.

Para finalizar, la autora cita un fragmento del poema de Hwang Dong-gyu, en el que Jesús, Buda, Wonhyo y Nietzsche conversan juntos y practican el procedimiento de «pregunta y respuesta Zen».

Contemplando el cuadro de Masaccio, donde Eva y Adán tapaban la parte inferior del cuerpo con hojas del árbol, al ser expulsados del paraíso, Wonhyo le comenta a Jesús: “Maestro, su paraíso es donde no se lava la ropa, ¿no?”. “Así es. El infierno es donde jabón no hay”.